
Cansada... muy cansada. Fin de año es un suplicio para cualquiera, y si no, lo es para mi, definitivamente. Y siempre es la misma historia... los trabajos que nunca se hicieron durante el transcurso del semestre se hacen en Diciembre (de manera inexplicable), las pruebas se terminan casi la tercera semana del último mes y ya uno no quiere más.
Vas en la micro y cierras los ojos un instante imaginando como será el verano. Hasta ese punto he llegado, porque ODIO el calor; con todo mi ser. Pero me imagino levantárse tarde todos los días, hacer nada y aburrirse en el intento. Y suspiro... (con la excusa de que son mis pulmones los que necesitan aire). Insolarse en la playa, en la piscina o simplemente caminando por el verde tan dispuesto a nuestros pies descalsos, y en el mejor de los casos una brisa juguetona que nos despeina y nos lleva los aromas a verano que viven en el aire. Hoy viví un pedacito de olvido y verano antes de terminar oficialmente con el año universitario. Me escapé para compartir un día tan bello como el de hoy; claro que me pasó la cuenta esto de ser "estudiante" y a las 6 de la tarde, moría de sueño. Acúmulo de una semana interminable, y ya el lunes comenzamos una vez más. Hoy entre el paseo y el dolor de mi tobillo derecho esguinzado, vi un árbol enorme, y su aroma me llevó a los veranos en Pucón que solíamos vivir en familia, cada enero y febrero... y no podía recordar el nombre de aquel árbol... era un Boldo. Y extrañé tanto ese tiempo, en que si bien habían días en que me aburría, amaba estar en esa casa que tantos años perteneció a mi familia. Los mejores recuerdos viven ahí. Crecí cada verano entre esas paredes, el jardín fue cómplice de mis juegos que inventaba cada vez que mi hermano no me dejaba jugar con los niños grandes, y yo me aburría sola hasta que salía con mis locos juegos e inventos. Desde vender flores arrancadas del patio de mi abuela, hasta vender limonada afuera de la casa. Inventar sopas deliciosas de tierra, hojas, flores y chanchitos de tierra, para después ofresérselas a todo el mundo esperando que de verdad se las tomaran, y yo me la creía toda cuando me devolvían el plato vacío. Desde mi jardín se escuchaba el caballero que vendía el pan de hueo' en la playa, junto con las motos de agua y las lanchas. Y de forma casi sagrada, la salida perfecta para mi era ir en las noches a dar una vuelta por las artesanías del pueblo.
El recuerdo del momento termina ahora, pero vive por siempre en mi alma.
...Y yo así era feliz.
Acabo de percatarme del calor que siento en mi cara y en mi pecho... me miro al espejo: ¡Estoy roja como pancora! Y eso que me puse bloqueador, como nunca... a cuidarse de los rayos UV, si no van a terminar como yo... con un bronceado caribeño (no tostado precisamente) con un leve tono rojizo por la vida...
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